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16 Lo moral y lo legal

Resulta deseable que en toda sociedad exista acuerdo entre lo que se considera ético y lo que resulta legal, es decir, que sea compatible la ética natural con las leyes que provienen del derecho. Así, si el aborto es considerado como un hecho inmoral, la ley vigente debería prohibirlo y, por lo tanto, sancionarlo. De lo contrario ocurrirá algo similar a lo que acontece en un hogar en donde un niño recibe mensajes contradictorios según vengan de su madre o de su padre, por lo cual no tendrá una idea clara respecto del bien y del mal. Marco Tulio Cicerón escribió: “La ignorancia del bien y del mal es lo que más perturba la vida humana”.

Los conflictos entre religión y derecho aparecen cuando la religión trata de imponer una orientación a la vida del hombre sin tener presente las costumbres y las leyes humanas; justamente porque pretende modificarlas según criterios religiosos, mientras que, por otra parte, desde el derecho se pretende disponer de la libertad suficiente para buscar un orden legal que sea independiente de la religión.

Este conflicto puede solucionarse de una manera un tanto simple, ya que ambos, religión y derecho, tienen sentido en cuanto son compatibles con la ley natural que rige la conducta de los hombres. Así, en religión debe considerarse a la ley natural como la ley de Dios, mientras que en derecho la contemplación de la ley natural es el requisito esencial para que esta rama de las ciencias sociales adquiera su carácter científico. Puede establecerse la siguiente simbología para evidenciar la fuente común de la religión y del derecho:

Ley natural => Religión
Ley natural => Derecho

Luego, todo conflicto existente entre religión y derecho habrá de interpretarse como la consecuencia de haber observado a la ley natural en forma errónea o incompleta, en lugar de reclamarse entre ambas ramas del conocimiento no haber contemplado a la otra. Este vendría a ser un caso similar al de los padres en conflicto que acuden al sacerdote o al psicólogo para dirimir sus diferencias en cuanto a lo que se supone que está bien o que está mal, a fin de no perjudicar la educación de sus hijos.

Para darle un sentido objetivo al tema tratado, es necesario definir con cierta precisión el concepto de “ley natural”, por cuanto se le asocian distintos significados según vengan de la ciencia o de la religión. Desde la ciencia es admisible afirmar que “ley natural es el vínculo invariante entre causas y efectos”. Luego, para introducir esta definición en el ámbito humano, puede decirse que se trata básicamente de la respuesta característica asociada a la conducta y por la cual un individuo responde de igual manera en iguales circunstancias; esta es la actitud característica como relación entre respuesta y estimulo, que vendría a ser esencialmente una relación del tipo causa y efecto.

Si consideramos al bien como la actitud por la cual compartimos las penas y las alegrías de los demás como propias (amor), y al mal como a la imposibilidad de tal actitud cooperativa (egoísmo e indiferencia) junto a la actitud por la cual respondemos con alegría ante las penas ajenas y con tristeza a las alegrías (odio), disponemos de las cuatro actitudes básicas del hombre a ser tenidas en cuenta para promover el bien y desalentar el mal. Lo moral y lo legal va a ser toda sugerencia religiosa y toda ley que favorezcan la actitud cooperativa, por lo cual tanto desde la religión como del derecho se tratará de sancionar de alguna forma las acciones motivadas por actitudes negativas. Si la ley religiosa o la ley humana no tienen en cuenta a la ley natural, no tienen razón de ser. De ahí que Cicerón haya expresado: “La ley no es un producto del pensamiento humano y tampoco es un decreto emanado de las personas, sino algo eterno que gobierna todo el universo, por su sabiduría, al ordenar y prohibir”. “La verdadera ley es la razón justa de acuerdo con la naturaleza; es de aplicación universal, inmutable y eterna”.

Por su parte, Santo Tomás escribió: “Toda ley humana tiene tanto de verdadera ley cuanto se deriva de la ley de la naturaleza; pero si en algo se aparta de la ley de la naturaleza, ya no será ley, sino corrupción de la ley”. “La luz de la razón natural por la que discernimos lo que es bueno y lo que es malo, que es la función de la ley natural….”.

Mientras que Edmund Burke escribió: “Todos nacemos en sujeción, todos nacemos iguales, grandes y humildes, gobernantes y gobernados, en sujeción a una gran ley inmutable, preexistente, anterior a todos nuestros recursos y a todos nuestros artilugios, superior a todas nuestras ideas y a todas nuestras sensaciones, anterior a nuestra propia existencia y por la cual estamos enlazados y conectados al marco eterno del universo, del cual no podemos salir” (Citas en “Ética y filosofía política” de Felix E. Oppenheim-Fondo de Cultura Económica-México 1976).

Entre los aspectos llamativos de nuestra época advertimos que algunos sectores fundamentan sus acciones en el odio en lugar del amor; de ahí que el cristianismo sea por ellos aborrecido. En el pasado, por el contrario, resultaba generalmente evidente que lo moral, o lo ético, implicaba algo compatible con una actitud cooperativa. De ahí que existan dos posturas irreconciliables, como lo son la democracia (política y económica), por una parte, y los diversos totalitarismos, en oposición a ella.

Puede decirse que la democracia apunta a establecer una sociedad en la que exista acuerdo entre la ética natural y las leyes establecidas, mientras que los sistemas totalitarios tienden a establecer leyes que se oponen a dicha ética, o bien tratan de compatibilizarlas con actitudes que orientan al hombre hacia el mal, según el criterio antes mencionado.

Como ejemplo podemos mencionar la ley socialista que prohíbe los intercambios libres y voluntarios entre dos personas sin la intermediación del Estado. Este tipo de intercambio es la acción cooperativa básica que surge cuando existe una previa predisposición a compartir las penas y las alegrías de los demás. Si las leyes, que provienen del Estado, lo prohíben, se observa un desajuste evidente entre lo moral y lo legal, porque lo moral (según la ética natural) es considerado ilegal (según las leyes socialistas).

Otro ejemplo lo encontramos en el caso de la impresión monetaria a un ritmo mayor al del crecimiento de la producción, lo que se conoce como inflación. Por ser una acción del Estado que tiende a quitarle valor a la moneda circulante, destruyendo parcialmente el valor de los ahorros existentes, se trata de una acción injusta, o inmoral, aunque el Estado aduzca legalidad al hacerlo. Si bien la inflación, como la venta restringida de dólares, en un momento dado son decisiones propuestas para evitar desajustes mayores, ambas provienen de haber antes establecido una orientación económica contradictoria con la ética natural. De ahí que surja, como una consecuencia evidente, que los mejores resultados políticos y económicos se logran cuando lo moral coincide con lo legal.

Una consecuencia adicional es que, para mejorar el orden social, debe primero mejorarse el nivel ético individual, condición esencial del hombre que incluso tiende a hacer innecesaria la ley proveniente del derecho. Es decir, si todos los hombres estuviésemos adaptados plenamente al orden natural, orientados por una predominante actitud cooperativa, no sería necesario el refuerzo que la ley humana debe prestar para orientarlo en la dirección correcta. Como el hombre, en realidad, todavía está lejos de esa situación ideal, la ley humana debe seguir ayudando a consolidar el proceso de adaptación mencionado.

La ética cristiana, que coincide esencialmente con la ética natural, no tiene la influencia esperada por cuanto ha sido desplazada por simbologías y misterios. Además, sus predicadores no han sido del todo eficaces. En este caso puede hacerse una analogía con el caso de los vendedores. Así, mientras que el buen vendedor es el que se interesa realmente por el cliente, el mal vendedor se dedica a exaltar los atributos de lo que vende, o bien trata de mostrar sus aptitudes de vendedor, dejando de lado al comprador que sólo es considerado como un medio para lograr el objetivo del vendedor: la venta. En forma similar, el predicador tiende a exaltar a Dios y a Cristo, e incluso a mostrar sus atributos personales sin apenas interesarse por el individuo a quien se dirige, que pasa a ser algo secundario. El cristianismo auténtico, por el contrario, parece ser un desesperado intento de salvar a la humanidad de su propia autodestrucción.

Varios autores señalan que lo cultural es prioritario a lo político y a lo económico, para encontrar el rumbo definitivo que nos lleve hacia el real progreso del ser humano. Lo cultural, asociado a lo espiritual, no es otra cosa que la búsqueda consciente de dos aspectos relegados por el materialismo y la superficialidad reinante, y ellos son: lo intelectual y lo afectivo (o ético). Samuel P. Huntington escribió: “Si la cultura incluye todo, no explica nada. Por lo tanto, definimos la cultura en términos puramente subjetivos como los valores, actitudes, creencias, orientaciones y suposiciones subyacentes que prevalecen entre las personas que conforman una sociedad”.

Lawrence E. Harrison, por su parte, escribió: “El escepticismo respecto de la relación entre los valores culturales y el progreso humano aparece en especial en dos disciplinas: la economía y la antropología. Muchos economistas consideran axiomático que una política económica adecuada y efectivamente aplicada produzca los mismos resultados independientemente de la cultura. El problema, en este punto, es el caso de los países multiculturales en los que a algunos grupos étnicos les va mejor que a otros, aunque todos operen con las mismas señales económicas. Los ejemplos son las minorías chinas en Tailandia, Malasia, Indonesia, Filipinas y EEUU, las minorías japonesas en Brasil y los EEUU, los vascos en España y en América Latina, y los judíos donde sea que hayan migrado” (De “La cultura es lo que importa” de S. P. Huntington, L. E. Harrison y otros-Ariel-Buenos Aires 2001).

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