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77 Cristo ¿el primer comunista?

Algunas expresiones, propias de la “sabiduría popular”, pueden a veces llegar a predominar en círculos intelectuales más elevados (o al menos que creen que lo son). Una de esas expresiones es la que afirma que Cristo fue el primer comunista, a pesar de que los impulsores del marxismo-leninismo consideraban a la religión, especialmente la cristiana, como un mal que debería desterrarse del planeta. Es elocuente el masivo cierre de templos e instituciones cristianas en la URSS, en épocas de Stalin y Kruschev, como también en otros países gobernados por socialistas.

Con el tiempo, para conveniencia de los seguidores de Marx y Lenin, se difunde una supuesta compatibilidad entre cristianismo y marxismo-leninismo, con el objetivo de facilitar la inserción de tal ideología totalitaria en países tradicionalmente católicos. La memoria limitada de las masas populares, como la de muchos “intelectuales”, permite aceptar sin inconvenientes, y como algo natural, una equivalencia entre ambas posturas, ya que se supone que cristianismo y marxismo-leninismo serían dos caminos distintos para llegar al mismo lugar.

De ahí que el “hombre nuevo” del cristianismo habría de ser esencialmente el “hombre nuevo soviético”. Al primero se llegaría a través del amor al prójimo, compartiendo penas y alegrías ajenas como propias, amando incluso al enemigo, mientras que al segundo se llegaría obedeciendo directivas, como lo sugiere la ideología marxista, eliminando o marginando sectores que se oponen a ese “ideal”.

Mientras el cristianismo propone el Reino de Dios, es decir, el gobierno de Dios a través de las leyes naturales, con una prohibición de todo gobierno del hombre sobre el hombre, el marxismo-leninismo propone el gobierno socialista de quienes dirigen al Estado, que ha de ejercerse sobre el resto, con una prohibición expresa de seguir las sugerencias cristianas.

El “hombre nuevo soviético” debería, con el tiempo, reemplazar al hombre normal, surgido como consecuencia de la evolución biológica y cultural actuantes hasta el momento. El marxismo-leninismo supone que existe una herencia de los caracteres adquiridos, por lo cual, el hombre adiestrado para la comunidad socialista, habría de legar, por herencia genética, los genes modificados por la influencia del medio social. Luego, la humanidad futura habría de quedar integrada por hombres hechos a imagen y semejanza de Marx y Lenin, especialmente. Este proyecto inicial resulta incompatible con las leyes de la genética, si bien la fe marxista-leninista puede seguirlas ignorando con tal de continuar en la persecución de sus “elevados” fines.

Mientras que el Reino de Dios ha de ser la sociedad humana emergente de individuos que cumplan, al menos parcialmente, el mandamiento del amor al prójimo, siendo el amor el vínculo entre individuos que permite la existencia de la sociedad, el comunismo propuesto por Marx y Lenin ha de ser una comunidad en la cual el vínculo de unión entre individuos han de ser el trabajo y los medios de producción, tal como ocurre en una sociedad de hormigas o de abejas.

Mientras que los afectos permiten establecer vínculos con muchas personas, sin atarse a ellas mediante vínculos materiales, los vínculos materiales atan a las personas, limitando severamente la libertad, y haciendo de la vida individual una imposibilidad, ya que sólo se permiten los objetivos colectivos, como en el caso del hormiguero o la colmena. Mientras el cristianismo sugiere un vínculo que se siente, siendo algo real y concreto, el marxismo-leninismo propone un vínculo que se observa y se toca, ignorando los sentimientos humanos.

Cristo dijo: “Primeramente buscad el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadidura”, mientras que Marx y Lenin sugieren (con otras palabras): “Primeramente buscad la socialización de los medios de producción, que lo demás se os dará por añadidura”.

Mientras que el cristianismo propone ayudar materialmente al prójimo, luego de establecer el vínculo afectivo, compartiendo lo propio, el marxista-leninista siempre se muestra generoso repartiendo lo ajeno, nunca de lo propio. Mientras que el cristiano auténtico llega a dar la vida por la vigencia de su religión, imitando a Cristo, el auténtico marxista-leninista asesina a quienes se oponen a su pseudo-religión, imitando a Lenin, Stalin, Mao, etc.

Mientras que la igualdad, para el cristiano, implica que todo lo bueno o lo malo que le ocurra a otras personas incidirán en su ánimo en la misma medida que si le sucediera a él mismo, la igualdad, para el marxista-leninista implica disponer de igual cantidad de bienes materiales que los demás integrantes de la comunidad, evitando de esa manera tener que sufrir por la envidia propia de quienes valoran en exceso todo medio material.

Si bien en los Evangelios se promueve la sencillez y la pobreza, rechazando la búsqueda de riquezas, ya que se priorizan los valores éticos, se tiende a interpretar que el pobre está libre de pecado y no así los ricos. Sin embargo, cuando se supone que todas las culpas están en los ricos, y todas las virtudes en los pobres, las virtudes y defectos dependerían de factores estrictamente económicos, lo que resulta poco compatible con la realidad. P.A. Mendoza, C.A. Montaner y A. Vargas Llosa escribieron: “[El sacerdote Gustavo Gutiérrez] buscó los libros sagrados y encontró la lectura adecuada para convertir a los pobres en el sujeto histórico del cristianismo. Estaba en los orígenes, en los salmos, en diferentes pasajes bíblicos, en anécdotas del Viejo y del Nuevo Testamento. Resultaba perfectamente posible, sin incurrir en herejía, afirmar que la misión principal de la Iglesia era redimir a los pobres, pero no sólo de sus carencias materiales, sino también de las espirituales. El concepto de liberación era para Gutiérrez mucho más que dar de comer al hambriento o de beber al sediento: era –como el «hombre nuevo» del Che y de Castro, a quienes cita- construir una criatura solidaria y desinteresada, despojada de viles ambiciones mundanas”.

“El problema se complica cuando Gutiérrez pasa de la teología a la economía y propone a su Iglesia el análisis convencional de la izquierda marxista para lograr el cambio. Dice el cura peruano: «Los países pobres toman conciencia cada vez más clara de que su subdesarrollo no es sino el subproducto del desarrollo de otros países debido al tipo de relación que mantienen actualmente con ellos. Y, por lo tanto, que su propio desarrollo no se hará sino luchando por romper la dominación que sobre ellos ejercen los países ricos»”. “Quien lo haya leído con cuidado [al libro “Hacia una teología de la liberación”], no puede ignorar su inmenso, doloroso y –seguramente sin proponérselo- sangriento disparate. Al final, su teología no ha servido a los pobres ni a la Iglesia” (Del “Manual del perfecto idiota latinoamericano”-Plaza & Janés Editores SA-Barcelona 1996).

Muy ligada a la teología de la liberación se encuentra la teoría de la dependencia, por la cual se atribuyen las culpas por el subdesarrollo latinoamericano a los EEUU. Sin embargo, si se tiene en cuenta el porcentaje del PBI de ese país vinculado al comercio con los países de la región mencionada, se observará que los motivos del subdesarrollo son otros. Michael Novak escribió: “La teología de la liberación se ve especialmente obstaculizada por una antigua tradición latina que tiende a echarle la culpa a los de afuera, liberándose uno mismo de toda responsabilidad por su propio futuro. La forma actual de dicha tradición es aspirar a los beneficios del capitalismo negándose al mismo tiempo a reconocer la validez moral de sus costumbres e instituciones necesarias: las de la invención, la prudencia, el ahorro, la inversión, la puntualidad, la pericia, etc. Se trata quizá de un prejuicio étnico, en el fondo, basado en el desprecio por la cultura angloestadounidense (y japonesa)” (De “Libertad con justicia”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1992).

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